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El impresionismo fue un movimiento artístico nacido en Francia en la segunda mitad del siglo XIX que tuvo un papel fundamental: permitió pasar del realismo al arte abstracto del siglo XX.

El impresionismo rechazaba los temas clásicos que habían dominado en la pintura desde el Renacimiento. Las escenas mitológicas, religiosas e históricas, o los retratos de hombres célebres, ya no inspiraban a los innovadores, que renunciaron a los asuntos tradicionales. Para ellos, todo podía ser pintado y debía ser pintado: escenas callejeras, fiestas populares, bailes, estaciones, ferrocarriles y, sobre todo, paisajes.

Los impresionistas trataban un tema por sus tonos y no por el tema en sí. Jugaban con los colores e intentaban expresar lo que sentían al contacto con la naturaleza. Sus pinceles se interesaban por los reflejos en el agua, las vistas a través de la niebla o el humo y por todo lo que cambia o se modifica. La importancia dada a la luz va en detrimento de la forma, de la superficie y del volumen. El contorno desaparece. Los objetos, la degradación de tonos y la perspectiva eran sugeridos por pequeñas manchas de color. Los contrastes y los claroscuros son abandonados: lo importante eran los matices. Las sombras estaban animadas por reflejos. Cada color, fundiéndose con el que le rodea,  da la impresión de ser otro tono.

Este nuevo estilo se apoya en la experiencia visual. Al rechazar el academicismo y buscar la realidad inmediatamente perceptible, engendra una verdadera revolución artística. Llevados por su ansia de libertad y de sinceridad, los artistas impresionistas abandonan rápidamente los estudios donde trabajaban para ir a pintar al aire libre.

Vamos a conocer a cuatro fantásticas mujeres impresionistas

Eva Gonzalés

Berthe Morisot

Mary Cassatt

Marie Bracquemond